domingo, octubre 26, 2008

A él VII.

No vuelvas a mirarme así.
No vuelvas a jugar a percibir lo que estoy sintiendo.
No vuelvas a intentar creer que aún todo entre nosotros es posible.
No vuelvas a abrazarme.
No vuelvas a besarme.
Es simple, no vuelvas.

miércoles, octubre 15, 2008

Sublimando: Ignonimia.

Estaba en la cocina, sintiendo en cada poro la violencia del verano y la pesadez de esa hora, en la que muriendo la tarde, la luz se va agotando sin que arribe la noche definitiva. Los grillos se hacían presentes con sus clamores incesantes, los podía adivinar entre los matorrales.
Parada y en un abandono de aparente descanso, tomó conciencia del tiempo que llevaba de pie y de su peso sobre las piernas. Le dolía la espalda y una sensación de cuchillos afilados le picaneaban la cintura.Ante la imposibilidad de un masaje que la pudiese aliviar pensó en la lluvia.Un buen aguacero la haría sentir mejor.Acumulaba en su piel el resumen del calor de aquel día y la llegada de la noche era una espera vacía que no la conducía a nada.
Sonrió con un tinte de amargura mientras levantó la vista hacia el reloj que estaba sobre la repisa. Seguramente su marido llegaría pronto del trabajo; cansado y silbando la resignación que a ella tanto le dolía; pero Juan era así, vivía como si lo externo no lo tocase, sin un reclamo, sin una queja.
María observó de un plumazo toda la cocina.Un residuo de mate cocido asentado por más de tres días se volvía a cada segundo más oscuro y más espeso. Junto a la puerta la ropa sucia abarrotaba un cesto de mimbre y en la hornilla de carbón se recalentaba en una olla la poca comida que quedaba.Un olor a grasa y humo violaban el ambiente pero se empujó a sí misma a levantar los brazos para respirar profundamente buscando un nuevo ánimo. Tenía que seguir aguantando, sin quejas ni debilidades de espíritu, firme y enfrentada a su realidad sin salida.
Transpiraba demasiado. Intentó arreglarse el peinado y pasó sus dedos por su cabello negro y abultado; abandonó la cocina dirigiéndose al baño.Se quitó la blusa y se miró en el espejo del botiquín.Se sentía fea; la piel áspera. Se pasó una toalla por la cara y el cuello y se puso otra blusa blanca y limpia.
Caminó después hasta la ventana de la habitación que daba a la calle, corrió el pedazo de tela que hacía de cortina y se apoyó inclinada con los brazos sobre el marco. Aquel estar allí, aunque fuese esperando la nada, dejando correr los segundos, era su antídoto preferido contra la amargura y el cansancio. Por un instante cerró los ojos y una suave brisa le aligeró la piel acariciándola. Sintió el aire fresco atravesándole la blusa erizándole momentáneamente los pezones.
Permaneció pensativa.Las luces débiles de las casas vecinas apenas se filtraban por las rendijas de las ventanas .Aquél entorno pueblerino y sencillo había sido todo su mundo desde la niñez. Su hermosa juventud se había deslucido en aquellas calles donde sólo reinaban la temporada de lluvia, el polvo de la sequía y el aburrimiento de las horas más lentas que se pudiesen imaginar. Muy poco conocía de los pueblos vecinos y a la Capital había ido sólo dos veces en sus casi treinta años de edad. Pero, poco ya le importaba, no tenía esperanzas ni sueños, y peor aún, casi nada que esperar.
Su pensamiento quedó interrumpido cuando escuchó desde la penumbra el tintineo de las llaves de Juan doblando la esquina acercándose por el medio de la calle.Juan y su andar sin apuro de pantalones anchos… Lo observó con cariño y comprensión; tenía muy mal aspecto, la barba de varios días lo hacía lucir peor y el uniforme que usaba estaba gastado y sucio.María lo recibió esforzando un poco de alegría y él sonrió acariciándole la mejilla.
Cenaron en silencio y cuando más tarde fueron al dormitorio y se acostaron, María cerró los ojos y a pesar del calor, se cubrió con las sábanas. Se sentía amarrada a su miseria. Él pretendió un juego amoroso acariciándole las caderas pero ella no podía resolverse en otra acción que no fuese rechazarlo.Le mintió que se sentía mal, que le dolía la cabeza, que la perdonara, que estaba muy cansada. Le dijo cualquier cosa y cuando él finalmente desistió, ella hundió sus penas en su oscuro interior tornando aquel momento casi intolerable.

lunes, octubre 06, 2008

Amor sin maquillaje.

Durante mucho tiempo me gustó la adrenalina de la seducción, los comienzos, la emoción de la novedad y de lo desconocido.
Hoy.. me encanta y elijo la naturalidad de lo conocido, una película compartida tirados en la cama, un desayuno despeinados, su ropa tirada por todos lados…y llegar a casa y comprobar que él, "el mío", está ahí, siempre ahí.